El japonés en la Alhambra

viernes, 14 de noviembre de 2014

Lo veo pasear por los alrededores del palacio de Carlos V, sólo, como yo. Cámara en mano busca rincones que fotografiar, como yo, alejado de las hordas de turistas, como nosotros.

Misión imposible. Dudo de que la Alhambra esté alguna vez solitaria incluso por la noche, cuando los gatos que durante el día rehúyen a los visitantes hacen más suyo que nunca el entorno.

El japonés me gusta. Me devuelve por un instante a cualquiera de los templos sintoístas que visité la primavera del año pasado. ¡Cuánto echo de menos Japón! Lo voy siguiendo a los baños árabes, al parador, a las murallas. Me paro donde se para y observo las fotos que hace, reflexivo, metódico.

Fantaseo con la idea de acercarme y preguntarle si me acompaña a almorzar, pero esas cosas sólo suceden en las películas o en las novelas de verano. Me falta valor, y aunque no va acompañado me pregunto si simplemente se habrá alejado por unos minutos de su grupo. Al fin y al cabo, todo el mundo sabe que los japoneses siempre van en grupo cuando salen de su país.

Lo dejo en los jardines de la Alhambra y sigo mi camino. Sola. 

Mientras almuerzo me pregunto si finalmente también él estará comiendo solo o habrá encontrado a alguien con más decisión que yo con quien compartir el almuerzo.

Dolor de cabeza

Antes de que le explotara la cabeza como una sandía en un campo de tiro, recordó ese instante en tercero de primaria cuando, casi a cámara lenta, vio estrellarse en sus recién estrenados leotardos blancos un tomate pocho que un niño de quinto cursó le lanzó sin piedad.

La mujer de hojalata (IX)

sábado, 4 de enero de 2014

La mujer de hojalata no entiende algunas cosas. Las anota en un cuaderno para que alguien con corazón se las explique.

La mujer de hojalata (VIII)

La mujer de hojalata despertó de su largo sueño. El invierno había vuelto, y tuvo que despertar poco a poco su cuerpo oxidado.

Escenas en el metro (III)

Dos amigos están sentados uno junto al otro en el último vagón del metro. Posiblemente hayan pasado ya los cuarenta, pero tienen un look casual. Uno es bajito, calvo. El otro es alto, con el pelo canoso. Éste último observa al resto de pasajeros, mientras el primero mira fotos en el móvil. 

De repente, el amigo bajito y calvo exclama: "¡Anda, nos hemos pasado de parada! Era esa que acabamos de dejar". El amigo alto y canoso lo mira impertérrito, como si no hubiera entendido nada. 

Pasados unos segundos que parecen minutos, dice por fin con acento francés y sin ningún tipo de emoción en la voz: "Idiota", y vuelve a abstraerse mirando al fondo del vagón. 

"No importa, volveremos en la siguiente parada", comenta su amigo como si hablara solo, mientras el francés sigue absorto en el resto de pasajeros.

Un día de danza

domingo, 3 de noviembre de 2013


Estoy en una plaza bastante turística del centro de la ciudad, sentada en el borde de una fuente. Mientras espero sola a que comience un espectáculo de danza bastante premiado (hay un festival de danza contemporánea en la ciudad), observo a las personas a mi alrededor.

Hay música de fondo, preparando el ambiente, y unos chicos que parecen los bailarines están sentados en el centro de lo que sin duda es el escenario improvisado.

Empiezan a acercarse más personas y a sentarse en la fuente también, y en el suelo. Un par de chicas reparten el programa del festival desde unas bicicletas con el cartel del evento. Las personas que salen del metro miran intrigadas al grupo cada vez más numerosos de los que estamos esperando ansiosos a que empiece la representación.

A mi lado, en la fuente, se sienta un grupo de jóvenes que se han encontrado a unos amigos. Les hago sitio. Su acento me dice que no son de la ciudad. Una de las chicas del grupo parece que apenas conoce al resto , se la ve algo aislada.

Algunos de los que esperan empiezan a ponerse nerviosos, y a sentarse cada vez más cerca del borde imaginario del escenario.

Un vagabundo mira desde detrás de unos setos, aunque parece tener la mirada perdida. Sin duda, representa un contraste frente al resto de los espectadores. Se sienta en un banco, alejado del bullicio, y sigue con sus menesteres (lía un cigarrillo).

A mi otro lado, la señora con pinta de excéntrica que estaba ya sentada cuando yo llegué saluda a un fotógrafo que viene a cubrir el evento. Ambos están relacionados con el mundo del periodismo, de blogs y movimientos culturales, según oigo. Él se queja de que se ha tenido que apuntar a un curso de fotografía relacionado con el festival para ver si así consigue exponer algunas de sus fotos tras el taller.

Muchas de las personas que oigo hablar a mi alrededor no tienen acento de la ciudad. Pienso si será porque esta es una plaza muy turística, fundamental en cualquier recorrido por la ciudad, o si es porque este tipo de arte no parece interesarnos demasiado a los autóctonos. Enseguida desecho esa idea. Siempre hay gente en todos los eventos culturales de la ciudad, mucha gente.

El espectáculo de danza es impactante. Con mucha fuerza. No deja indiferente, a pesar de que es uno de esos espectáculos en los que no hay una sola lectura del mismo, sino que depende de las experiencias y emociones de cada espectador. En mi caso, me ha transmitido una gran opresión inicial, seguida de cierta esperanza de cambio, para acabar con un sentimiento de inmutabilidad que refleja, de alguna manera, el sentimiento general hacia los tiempos que corren. O eso creo yo.

Durante el tiempo que ha durado la danza, el vagabundo ha seguido sentando en el mismo banco, fumando. Más bien parecía que para él el verdadero espectáculo estaba en el resto de personas que observábamos a los bailarines. Me pregunto qué estaría pensando realmente. ¿Cuántos espectáculos de ese tipo (o de otro tipo cualquiera) habrá presenciado desde un banco, alejado de la multitud? ¿Con qué mirada nos observará a todos? ¿Desde qué perspectiva? ¿Qué verá en nosotros? ¿Qué opinará de un espectáculo como el de hoy, en el que 3 bailarines convulsionan y contorsionan su cuerpo al ritmo de la música para contarnos la realidad desde otro punto de vista? ¿Cuál es su realidad?

Media hora después de este espectáculo se representa otro en la estación de metro cercana a la plaza. Nada más bajar, observo que hay tantos fotógrafos como en el evento anterior. Me pregunto por qué me habrá dado hoy por fijarme en los fotógrafos. Quizás sea porque, aunque yo capto el momento en palabras y no en imágenes, me siento un poquito como ellos: alguien que observa desde una perspectiva distinta.

En la estación hay personas muy variopintas, y como aquí no hay fuente en la que sentarse y las escaleras son mecánicas, los primeros en llegar nos sentamos en el suelo.

Sigo observando a los fotógrafos. ¿Por qué muchos de ellos, especialmente los que se dedican al fotoperiodismo cultural o de vanguardia, tienen ese aire de intelectual de tendencia neoyorkina? Algunos parecen actuar como si pertenecieran a una élite culturalmente superior, como si sólo ellos tuvieran la capacidad de observar el mundo desde dentro y desde fuera al mismo tiempo. No me parece mal, sólo me llama la atención. Cada cual observe como quiera.

Veo algunas caras conocidas del espectáculo anterior: el fotógrafo que antes hablaba con la señora con pinta de excéntrica (él tiene un aire distinto a los demás fotógrafos, aparentemente más humilde e introvertido), dos de los tres bailarines de la plaza con sus respectivas parejas, y algunas caras más. Ni rastro del mendigo, aunque eso no me extraña en absoluto.

La bailarina empieza su danza en el suelo. Se mueve de forma lenta, apática, en intervalos de largas pausas. Poco a poco, los movimientos van cogiendo fuerza y, aunque cuestan relacionarlos al principio con la nana de Lorca que suena en la voz de Camarón, me doy cuenta de que en realidad está bailando flamenco sin despegar su cuerpo apenas del suelo. Y me parece algo precioso y estremecedor. ¡Qué dominio del cuerpo! ¿Cómo puede expresarse tanto a través de movimientos? La bailarina muestra un cuerpo sin límites, al servicio de las emociones. De las suyas, y de las de los espectadores que la observamos en silencio, adormecidos por la nana cantada en la voz de Camarón y bailada en los movimientos de cada uno de sus músculos y huesos.

Terminado el espectáculo, subo de nuevo a la superficie. Guardo mi cuaderno en el bolso, e intento volver a percibir la realidad con los pies bien plantados en el suelo.

Despiértame

sábado, 26 de octubre de 2013

Despiértame cuando todo acabe.
Cuando al subir las persianas ya sea de día, y la luces de la noche se hayan apagado.
Cuando el alma regrese a su cuerpo y ya no sienta un hueco en el pecho.
Cuando no me duelan las sonrisas, ni tampoco las miradas de lástima.
Cuando ya no sienta este frío que me cala a cada instante.
Despiértame cuando te hayas marchado para siempre, y tampoco yo me acuerde ya de tí.

Escenas en el metro (II)

domingo, 28 de abril de 2013

Una pareja bastante joven baja las escaleras del metro pasada la medianoche. Se besan tímidamente, emocionados, delatando el momento de un primer beso. O casi.

Por pudor, ante mi presencia inesperada, ella se separa y disimula arreglándose el pelo hacia un lado.

Él continúa mirándola, embelesado, sin importarle si en la estación sólo estoy yo o toda la ciudad.