Os lo digo yo, que he salido de copas con ella. ¿Que no os lo creéis? Pues es cierto, esperad que os cuente.
No recuerdo cómo me cayó el marrón, pero el caso es que una noche me vi camino de casa de la susodicha para cubrir una entrevista que al fin se había decidido a conceder a nuestra revista (fue difícil de convencer, pero finalmente lo logramos). Una señora algo mayor me hizo pasar a un salón muy peculiar. Era lujoso, pero bastante anticuado: chaise-longe de terciopelo, mesitas con viejos recuerdos, lámparas de cristal, y fotos. Muchas fotos de la divina. Ciertamente, la habitación recordaba a los escenarios de esas películas de la época del cuplé en la que tantas veces la había visto en televisión.
Tras esperar unos minutos en los que me dediqué a repasar la vida de mi entrevistada a través de sus fotografías, apareció. Sublime, esplendorosa, altiva. A pesar del tiempo transcurrido desde su época más dorada, llenó la habitación con ese glamour de las que muy pocas saben hacer gala hoy en día. Vestía un vestido de estilo túnica, azul con adornos de hilos dorados, y un cinturón labrado en pedrería caído a sus aún perceptibles caderas. El pelo feroz, voluminoso y muy rizado. Lentamente, se sentó en la chaise-longe extendiendo su túnica ante mí, y me dijo: “Así que quieres que te cuente cosas de mí que no haya contado ya, ¿no? Pues monina, lo veo difícil.”. Y acto seguido, exhaló el humo del puro que sujetaba con sus manos repletas de anillos.
Atónita como estaba (y algo intimidada también, lo confieso), me dejé llevar por mis recuerdos de la infancia y lo único que acerté a decir fue: “¿Le importa si le doy una calada a su puro? Siempre quise aprender a hacer círculos con el humo, ¿cree que podría enseñarme?”. Saritísima me miró, arqueó una ceja, apagó su puro en un cenicero de alabastro, y dijo: “Llévame de copas, hace mucho que no salgo. Y si consigues que me divierta, tal vez te enseñe a fumar como una diva”.
Acepté, claro. Era una oportunidad demasiado absurda como para dejarla escapar.
Antes de salir, insistió en cambiarse de ropa y en que yo también me vistiera para la ocasión. La acompañé a una habitación tan nostálgica como el salón, y de un viejo armario de caoba sacó un vestido digno del mejor atrezzo de El Último Cuplé. “Este te quedará bien a tí, yo tendré que buscar algo de mi época del Paralelo para mí”.
Y así, caracterizadas y divinas como dos Drag Queens fetichistas, nos dirigimos al primer bar de copas que encontré lo más lejos posible de mi barrio. Ante la mirada estupefacta de todos (“¿has visto cómo nos adoran, cariño?”), me fui directamente a la barra con la intención de emborracharme lo antes posible. “Esto… ¿qué tomas? ¿Gin Tonic? ¿Whisky? ¿Algo de Vodka, tal vez?” (el vodka siempre me ha parecido exquisitamente decadente). “No guapa, a mí pídeme una Cruzcampo bien fresquita, que este vestido me está asfixiando de calor”.
Y en ese preciso instante supe que tenía ante mí a la más divina de las divinas, a la más auténtica. Alguien que era capaz de tomarse una Cruzcampo ataviada con un vestido de cola y plumas, y sonreír a todos bajo la luz de los focos de un bar de copas, como si estuviera en el escenario de un teatro de varietés sosteniendo una copa de champán.
Sin duda, fue la noche más glamurosa de mi vida. Aún conservo el vestido de terciopelo verde y la habilidad para hacer círculos con el humo de un cigarro habano. En cuanto a la entrevista, nunca llegó a publicarse. Por desgracia, me desperté antes de poder enviarla al equipo de edición.
Jajajaja, a veces me intimida tu imaginación desmesurada...
ResponderSuprimirLeñe! q bueno!!! ;) me ha dejao descolocao lo de "una cruzcampo freskita" ;)
ResponderSuprimirVeo ahora que tengo más en común con Sara de lo que pensaba ;)