Ha sido una noche fantástica. Cena romántica en el mejor restaurante de la ciudad, y un paseo hasta casa aprovechando la buena temperatura de una noche de primavera. Tal vez una celebración algo sencilla para su décimo aniversario juntos, pero no necesita más. Siente que ambos siguen tan enamorados como el primer día que decidieron compartir sus vidas.
Pero está inquieta. Tiene esa extraña sensación que no presagia nada bueno y que ya casi había olvidado. No puede dormir, y mientras deambula por la planta baja para no despertarlo dando vueltas en la cama, aparece el reflejo de su acreedor en el espejo, como las veces anteriores. Allí está, con sus grandes cuernos retorcidos, mirándola fijamente y recordándole ya con su sola presencia que ha venido a cobrar su parte del trato.
- “No puedes llevarme ahora. ¡Otra vez no! ¿Hasta cuándo ha de repetirse esta historia? ¿No ves que esta vez es diferente? ¡Estoy enamorada de él! Déjame quedarme.”
- “Aceptaste el trato. Inmortalidad y vidas de emociones a cambio de no quedarte ninguna. Ha llegado el momento de cambiar. Debes prepararte para el viaje.”
- “¿Y si esta vez quiero quedarme? No me iré, quiero romper mi parte del trato.”
- “Sabes muy bien que sólo hay una opción posible ¿Crees que esta vez lo conseguirás?”
- “Tal vez. Sí, puede que esta vez lo consiga. ¡Él me creerá!”
- “Tienes hasta mañana de plazo. Ni un día más.”
Ha pasado la mañana en la cocina, preparándole su plato favorito, aquel con el que lo conquistó en el taller de cocina donde se conocieron. Han recordado viejos tiempos, viajes, anécdotas, y han hablado de planes de futuro. Él está de buen humor, y ella siente más que nunca que es en ese lugar y en ese momento donde por fin quiere quedarse para siempre.
Después de almorzar, se arma de valor y le muestra la caja de recuerdos que mantiene bajo llave, y de la que él siempre bromea diciendo que seguro que guarda secretos de un pasado como espía.
A medida que va sacando los objetos le cuenta lentamente, con cautela, cómo ha ido viajando a lo largo del tiempo, desde épocas pasadas, saltando de una vida en otra hasta llegar a él. Le muestra la partitura de “Tres sonetos del Petrarca” que Frank Litz le dedicó en persona tras interpretarla en una recepción en Moscú, y el pequeño retrato de Margarita Xirgu y Federico García Lorca, que ella misma les pintó tras el estreno de “Mariana Pineda” en Madrid. Le enseña el viejo mapa de Granada que, como un tesoro, salvó tras la expulsión de los judíos. Y ya no puede parar. Le habla de todos y cada uno de sus recuerdos y experiencias, y de cuánto se arrepiente ahora de haber vendido su alma a un diablo caprichoso y juguetón por culpa de la ambición y la banalidad de su juventud.
Él la mira sin saber que decir, incrédulo, entre asustado y abatido. Por más que le ofrece pruebas de sus vidas pasadas él no deja de preguntarle si se trata de una broma, por qué le cuenta esas cosas, a qué vienen esas historias. Puede ver en su cara la misma confusión que ya ha visto otras veces cuando, desesperada, ha creído encontrar a alguien con quien compartir su secreto.
Apenas escucha lo que ella, llorando desconsolada, le repite una y otra vez, atónito como está: “Sólo te pido que me creas, que confíes en mí. Te quiero por encima de todas las vidas que he pasado, te he querido desde el primer día que nos conocimos, y ahora sé que quiero morir a tu lado. ¡Pero tienes que creerme! ¡Tienes que confiar en mí!”
En un arrebato, rompe el espejo del salón. Y después el del baño. Y el del recibidor. Rompe todos los espejos de la casa, a sabiendas de que no servirá de nada, en un intento desesperado de evitar lo inevitable.
“¡Créeme! Te estoy diciendo la verdad. ¿Es que no lo ves?”, insiste mientras vuelve a enseñarle uno a uno todos sus recuerdos.
Y él comienza a llorar a su lado. “Todo se arreglará, te lo prometo. Seguro que es algo momentáneo… has tenido mucho estrés últimamente. Puede que… tal vez sean esas pastillas que tomas para la ansiedad. Sí, seguro que son las pastillas. Mañana iremos al hospital y ya verás como todo se soluciona. Lo superaremos juntos.” Y la abraza. La besa. La mira a los ojos prometiéndole que estará a su lado pase lo que pase.
“Tienes que creerme. Confía en mí si quieres que siga junto a ti. ¿Es que no me quieres? ¡Di que me crees! ¡Dilo!”
Pero él lo dice sin sentirlo. Y ella, sintiéndose derrotada, piensa en cuánto daño hace la verdad cuando se ha sido tan feliz con la mentira, y se abandona al destino que le espera una vez más.
Esa noche añade una receta de arroz con perdiz a su caja de recuerdos, y se sienta junto a los espejos rotos, paciente, vacía, esperando a empezar otra vida de mentira, y otra, y otra, hasta que algún día alguien decida creer en ella.
Aunque en el fondo sabe que cuantas más mentiras suma, más lejos está el día que alguien crea su verdad.

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